"Ya estuve antes aquí"
Alberto Passolini
San Miguel de Tucumán, otoño de 2013

Con Delfina Bourse, a quien conocí como Pima, hemos establecido sin darnos cuenta la costumbre de encontramos y asomarnos a lo que el otro está haciendo. Para los dos es un festejo saber que podemos hablar de materiales y otras cosas propias del oficio de pintores sin riesgo de aburrir a nadie.

Ahora estoy en otra ciudad, y nuestro encuentro se produce a través de fotos de sus pinturas que llegan a mi correo electrónico, además de alguna que otra conversación telefónica.

En una de esas llamadas posteriores al recibo de imágenes con lo último que está haciendo, me explica lo que le sucede mientras pinta: algo la urge, no sabe qué. Pero sí sabe es que tiene que saltar de la obra antes de que sea tarde. Mentalmente completo la idea a lo Disney, con el conejo blanco cantando “ya se me hizo tarde, me voy, me voy” antes de entrar en la madriguera por la que Alicia, al seguirlo, caerá en el país de las maravillas.

Del otro lado de la llamada, Delfina habla como si los dos estuviéramos en su taller frente a esas obras que presentará en breve. Va detallando los hallazgos y desfallecimientos que le deparó cada uno de los nuevos trabajos, haciendo que mi memoria, donde organicé una especie de atlas con esos cuadros, sepa exactamente a qué sector de cuál obra se está refiriendo.Más tarde, cuando voy en bicicleta a mi lugar de trabajo, esas imágenes todavía flotan sobre mi cabeza, dentro de uno de esos globos de historieta que indican pensamiento. En esta ciudad desde donde escribo, la geografía es tan otra para mí, que le agradezco íntimamente la posibilidad de llevar ese paisaje familiar conmigo.
Puedo decirlo con certeza, sin nada que pueda avalarme más allá de la simple creencia: Delfina Bourse es una gran paisajista.

Entre los correos que continuamos cruzando, recibo una cita de Albert Camus complementaria de las charlas que venimos teniendo sobre su muestra:

“…Exactamente en el centro del Atlántico doblamos bajo vientos salvajes que soplan irremediablemente de un polo a otro. Cada grito que lanzamos se pierde en el aire, vuela a los espacios sin límites. Pero ese grito, llevado día tras día por los vientos, llegará por ultimo a uno de los extremos chatos de la tierra y resonará largamente contra las paredes heladas hasta que un hombre, en alguna parte, perdido en su concha de nieve, lo oiga y, contento, sonría”
(El mar, aún más cerca. Diario de a bordo, 1953)

Llama la atención que Camus haya calificado a los vientos como salvajes, dando a entender que existen otros, tal vez domesticados. Como sea, los que soplan de un polo a otro llevando un grito que hará sonreír a quien lo oiga, a mi me traen la imagen de Pima en su taller, echando mano a todos los medios a su disposición, como aquel que está encerrado y trata de abrir la puerta con lo que está a su alcance.
Y así la veo erosionando la superficie con raspones, empujando con distintos materiales, arremetiendo desde distintos ángulos, hasta pasar del otro lado donde está ese cuadro del que saltará al siguiente, apenas tomándose el tiempo para sonreír y decirse que ya estuvo antes allí.